lunes, 27 de julio de 2009

Muñeca


Mi tata se llama Yamile Devia de Vizcaya. Así dice en la cédula, pero ella lo detesta y me corrije: Yamile Devia viuda de Vizcaya. A mi tata no la crió mi bisabuela Margarita sino la madrina de bautizo, doña Angelina. Mi bisabuela murió de cáncer y mi bisabuelo era un borracho que no vale la pena recordar. Mi abuela estaba –de vacaciones- jugando pelota aquí, en Bogotá, cuando mataron a Gaitán. Le tocó meterse rápido en la casa y esconderse debajo de la cama. Otro día la cogió un bus en la séptima y casi le amputan una pierna. Pero en lugar de eso, un médico pionero de la época le reemplazó el hueso por un platino y le dejó una cicatriz de caricatura. Ella dice que el platino le duele cuando hace mucho frío o hay luna llena. Mi tata terminó la primaria y quería ir al colegio de bachillerato, pero mi bisabuela Angelina dijo que no, que ella prontamente sería la esposa de un médico o un abogado. No le servían otras profesiones a la sanandresana viuda que había llenado su casa de hijos ajenos. Tampoco le permitió a mi abuela cantar, porque eso era de putas y las putas terminan casadas con músicos o chóferes. Y ella no armaba esas fiestas en el hotel a puerta cerrada, con vestidos y zapatos traídos de Cali, con gente importante de Melgar y Girardot, para que sus hijas quedaran en manos de los pobretones que tantas veces espantó a punta de tiros de carabina.
Mi tata se casó cuando tenia 15 años con un señor viejo que tenía 20, que juró amarla y darle una vida incluso mejor de la que conocía. Mi abuelo Pedro era hijo de un español borracho y una vieja pendeja, y tenia mucho más que un camión, pero eso no importaba: era un chofer de esos que le mortificaban la existencia a la negra Angelina. El estado de ingenuidad en que este hombre se llevó a mi abuela era gracioso. Con decirles que mi tata creía que los bebés se vomitaban cuando nacían. Obvio, ella no sabía por donde entraban. Es más, mi tata me contó que cuando tenia 12 años y tuvo su primera menstruación, se encerró en su habitación para morir desangrada sin molestar a nadie. Al parecer se había herido de muerte y no lo recordaba… Mi abuelo Pedro no le dio la vida que prometió. Sólo tuvo paciencia en la noche de bodas. La calurosa y única noche romántica con una niña que acababa de participar en una primera comunión agrandada.

Mi tata tuvo cinco partos pero tiene cuatro hijos. La paridera empezó a los 16 y terminó a los 23. Mi abuelo decía que a la esposa debía llenársele de hijos y ponerla mueca y gorda, porque así no conseguían mozo. Excelente, sobre todo si tenemos en cuenta que él metía a las mozas que se levantaba en el rancho de la cocina de la finca en la que vivían. Mi abuelo era de gustos variados: le pegaba a mi tata porque no sabia hacer arroz, porque no sabia almidonar las camisas, porque le pedía ayuda a la señora que cocinaba para los peones, porque usaba diafragma para no quedar embarazada, la muy puta. Le pegaba con el rejo, el machete, la butaca… Con esa variedad le quitó tres dientes a mi tata.
Ella me cuenta con mucho dolor que una noche don Pedro llegó, cenó y pidió que le llevaran unas camisas. Mi tata se las llevó y él la recibió con un puño porque las camisas estaban arrugadas. La cogió del pelo, la arrastró por el piso. Mi tata se soltó en un descuido y salió a la cocina. Agarró el primer cuchillo que encontró y se le tiró encima a los 1,90m de maltrato. Se había jurado que esa noche lo mataba, pero falló. Mi abuelo se limpió la poquita sangre que le salió, se sentó y no dijo ni media palabra cuando mi abuela cogió a sus chinos, llamó a un trabajador para que la llevara en uno de los camiones al pueblo y saliera por la puerta para no volver nunca. Ni siquiera por su ropa.
A mi tata le dijeron que las mujeres que se separaban se convertían en una especie de mujeres “de segunda mano”. Pero ella nunca se comió ese cuento tan marica. Se fue a Villavo y se llevó consigo a la mamá Angelina, que había quedado en ruina económica. Pusieron un restaurante donde hacían buenos tamales. Sin embargo mi tata soñaba con ser secretaria, ir de tacones a un lugar importante. Y lo hizo. Lo hizo del mismo modo en que se permitió salir luego con otros hombres y amarlos y no quedar embarazada nunca mas.

Por todo esto y muchas cosas mas, mi tata siempre me dice que no sea boba, que no me case. Y que si me caso, por favor, no vaya a tener hijos. Ella dice que los hijos son niños torpes que un día crecen y luego de un tiempo, luego de intentar ser grandes, se vuelven a comportar como niños. Y lo grave es que les empieza uno a coger cariño, dice ella.

Mi tata es vanidosa y a ella me parezco en eso: usamos muchas cremas, nos hacemos mascarillas. Me enseñó a tomar agua de apio para mantener la piel limpia. No es bueno visitar a mi tata antes de las 11AM porque es cuando se pone la grasa de la leche sin hervir en la cara y en las manos. Nunca camina jorobada, como yo. Jamás le coge el dobladillo a pantalones o faldas con ganchos de cosedora, como yo. Pero me gusta el whisky porque ella me enseñó a disfrutarlo. Me gustan los hombres de la forma en que me gustan porque ella me enseñó a no negarme nada como mujer. Es bonito ver que ella no tiene resentimientos. Eso si, tiene dignidad. La he visto pasar momentos duros con la cabeza muy elevada del piso, y eso que sólo mide 1,50m.
Mi tata tiene 70 años y le coquetea a los señores altos de ojos claros. Es una mujer inteligente y de mente clara. Camina recta y rápido. Los domingos no usa tacones ni se maquilla porque –así me lo enseñó- arreglarse demasiado los domingos es cosa de gente que entre semana usa uniforme y, por lo tanto, sólo puede disfrutar de la ropa elegante para ir a la misa semanal. La tata va conmigo desde Chapinero hasta las pulgas de la 26, por la séptima y a pie, para contarme cosas que recuerda. Conmigo no es hipertensa, no le hace daño la leche entera y no le molesta la música a volumen alto. Mi tata tiene una voz que nadie en la casa heredó. Canta boleros y tangos y siempre quiso aprender francés. Por ella me gustan las canciones viejas, Piaf y Aznavour. Mi tata todavía me acaricia la cabeza para que me quede dormida. Todavía me canta “mirringa mirronga, la gata candonga...”. Me dice que me ama y yo se lo digo a ella. Mi mamá dice que a nadie nunca le dijo semejante cosa. Un día me llamó y me dijo: “mija, me voy a hacer el diseño de sonrisa” y yo quería comérmela a besos, porque sale con cada cosa la tata. Ella me dice que me va a heredar su colección de collares porque sirven para disimular las arrugas del cuello. Ella dice que soy la hija que nunca tuvo y que se siente orgullosa de mí. Como si no tuviera que ser al revés: soy yo quien carga el pecho hinchado de orgullo por tenerla como abuela.
Siempre que alguien de mi familia hace o dice algo desproporcionadamente estúpido y me deprimo, pienso en la tata. Por ella se valida mi casa, por ella todos lucimos menos imbéciles.

A la tata le decían “Muñeca” por chiquita y bonita. Y le siguen diciendo, porque sigue siendo chiquita y bonita. Pero, además, ahora es grande.

10 comentarios:

Mafe dijo...

Yo solo tuve un "set" de abuelos, los maternos, mi abuela paterna murió antes que mis papás se casaran y mi papá desterró a su papá de su vida, así que... en fin.

A mí me habría gustado tener una relación tan bonita como la tuya, con mi abuela.
Desafortunadamente no fue así, ni siquiera fuí capaz de llorar el día de su entierro.
Siempre me llevé de maravilla con mi abuelito, a veces pienso que si todavía estuviese vivo lo traería a hacerme visita y llevarlo a Disneyworld para que los dos gozaramos como niños chiquitos.

En fin.

lm dijo...

Y ella debe sentirse orgullosa de tenerla como nieta. Bien bonito le quedó el post, un abrazo a su tata.

Ana M. dijo...

Mafe, mira que hablo de mi abuela materna. Porque la del lado de mi papá, pues... Mejor ni te cuento, que es bien feo.

Tan bonito Don Lm, que gracias. Y claro que se le da el abrazo ;)

Johan dijo...

Linda tu tata, y lindo tu relato... felicitaciones.

Anónimo dijo...

Esto es muy lindo.

Sara dijo...

Me encantó. Lindísima tu tata.
Tu post destila ternura

Trọng dijo...

Desafortunadamente no fue así, ni siquiera fuí capaz de llorar el día de su entierro.
Siempre me llevé de maravilla con mi abuelito, a veces pienso que si todavía estuviese vivo lo traería a hacerme visita y llevarlo a Disneyworld para que los dos gozaramos como niños chiquitos.

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